
Con una explosión en medio de la nada comenzó el universo hace catorce o quince mil millones de años. La onda expansiva aún aleja entre sí a las galaxias y su rumor lo captan los telescopios más poderosos, como el estruendo de esos trenes de carga que cruzan de noche las amplitudes desiertas de un continente tan inmenso que a la mirada humana le parece ilimitado. Un rumor sordo, el galope de una estampida en una llanura, percibido desde muy lejos por el oído de alguien que ha pegado la cara a la tierra. Un rumor tan poderoso que viene retumbando desde la primera millonésima de segundo de la existencia del universo, el eco del caudal de la sangre en el interior de una caracola, el tren de carga que viene desde muy lejos y que te despierta en mitad de la noche de verano. El rumor se convierte en estremecimiento y luego en sacudida, y el corazón da un vuelco al mismo tiempo que empiezan a parpadear unas luces ámbar en el panel de instrumentos y se pone en marcha con un chorro de cifras que empiezan por un cero y marean por su velocidad, marcando el comienzo del tiempo del viaje, la explosión que acaba de suceder a más de cien metros de distancia, muy abajo, en el fondo del pozo de combustible ardiente. No hay sensación de ascenso, mientras el cohete se alza con una apariencia de lentitud imposible sobre el fuego y el humo, un fulgor que se estará viendo contra el horizonte plano y el azul de la mañana desde muy lejos: no hay miedo, ni vértigo, sólo una pesadez enorme, manos y piernas y pies y cara y ojos convertidos en plomo, atraídos hacia abajo por la gravitación de toda la masa del planeta, multiplicada por cinco a causa de la inercia en los primeros segundos del despegue: el corazón de plomo y los pulmones y el hígado y el estómago presionando en el interior de un cuerpo que ahora pesa monstruosamente casi cuatrocientos kilos.