Drinkwater reverenciaba al teniente Devaux y sentía un gran respeto por el viejo oficial de derrota, Blackmore, cuyas tareas incluían la instrucción de los guardiamarinas en los rudimentos de navegación, el mismo respeto que podría haber sentido por su padre, de haber seguido vivo. Lo más parecido que tuvo a una amistad fue con el gaviero Tregembo, que manejaba el cañón giratorio en la cofa del trinquete durante las acciones de guerra. Tregembo resultó ser una fuente inagotable de sabiduría e información sobre la fragata y sus pormenores. Era de Cornualles, de edad incierta, y, tiempo atrás, un guardacostas había apresado el lugre de su padre en el Lizard con un cargamento sospechoso en el pañol del pescado. Su padre ofreció resistencia armada a los oficiales y terminó en la horca. Como acto de clemencia, se le impuso a su hijo una sentencia menor (la leva forzosa) que, según afirmaron los magistrados ante el tribunal, mitigaría el dolor de la esposa del ruin contrabandista. Tregembo casi no había vuelto a pisar tierra desde entonces.

Drinkwater sonrió. Allí arriba, en su pequeño reino, exudaba juvenil satisfacción. En la cubierta sonó una campanada. Estaría de guardia en quince minutos. Se puso en pie y miró hacia arriba. Por encima de su cabeza, el mastelero se unía con las juanetes y en el tope estaba el vigía. Entonces, tuvo la ocurrencia de ascender hasta el tope y, desde allí, deslizarse por la burda hasta cubierta. El largo descenso supondría una impresionante exhibición de su habilidad como marino. Así pues, comenzó a escalar.

Alcanzó el tope y se sentó a caballo sobre la verga de la juanete. A sus pies, la Cyclops se balanceaba con suavidad. Las velas hinchadas interrumpían la vista de la cubierta, pero la jarcia le brindaba una buena perspectiva, pues cada cabo llegaba hasta su cornamusa o cáncamo correspondiente.



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