El vigía le hizo sitio y Drinkwater miró alrededor. El círculo azul de la mar estaba moteado por unos doscientos puntitos blancos que navegaban en dirección sur. Más allá, perdiéndose ya en el horizonte, patrullaban las fragatas más adelantadas. Tras ellas se veían los oscuros cascos de los navíos de línea ordenados en tres divisiones, con algunas tracas aún amarillas que pronto serían uniformes. En medio de la columna central navegaba el Sandwich del almirante Rodney, el responsable de toda aquella demostración de fuerza. Tras los buques de guerra, las naves auxiliares de la flota, un par de cúters y una goleta, seguían su estela como un perrillo faldero. Detrás de todos ellos se extendía el enorme convoy de mercantes y de buques de transporte de tropas y pertrechos, escoltados por cuatro fragatas y dos corbetas de guerra. La posición de la Cyclops, que navegaba siguiendo la costa, la convertía en la fragata más cercana a la retaguardia de los navíos de guerra y en la nave más avanzada de todo el convoy.

Desde su posición privilegiada, Drinkwater miró a babor. A unas ocho o nueve leguas, matizada por el tono pardusco del sol de poniente, se divisaba la costa de Portugal. Sus ojos recorrieron la línea del horizonte y cuando estaba a punto de bajar a cubierta, algo le llamó la atención. En lontananza, se adivinaba un minúsculo puntito blanco por el través. Le hizo un gesto al marinero y señaló.

– Un barco, señor -respondió el marinero como si tal cosa.

– Sí, yo daré el aviso -y luego, con el mayor aplomo del que fue capaz, gritó:

– ¡Cubierta!

Muy amortiguada por la distancia, se oyó la voz del tercer oficial, Keene:

– ¿Qué sucede?

– ¡Barco a la vista, ocho grados a babor!

Drinkwater asió la burda e inició su espectacular descenso, aunque nadie se percató de ello por el revuelo que causó el barco desconocido.



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