
Se demoró casi un cuarto de hora antes de regresar a cubierta. Consciente de que Hope estaba probando su destreza, había esperado a tener algo de que informar. Saludó al capitán y le dijo:
– Es un bergantín, señor, y no lleva pabellón.
– Muy bien, señor Drinkwater.
– Se divisa desde cubierta, señor -dijo lentamente Devaux, que había subido a cubierta.
El capitán asintió.
– Despeje los cañones de proa, señor Devaux…
Drinkwater también divisaba el navío de doble mástil al que se aproximaban. Aguardó, al igual que una docena de catalejos expectantes, a que surgiera el puntito de color que, sin duda, pronto les revelaría su nacionalidad. Hasta el tope se elevó una mota roja, con una cruz blanca.
– ¡Es danés! -exclamó al unísono un coro de voces.
La Cyclops se abalanzó sobre su presa y, a señal de Hope, rugió un cañón de proa y de la apresurada fragata salió despedido un humo cimbreante.
Por delante del barco danés, se elevó una cortina de agua blanca. Se había quedado a un cable de distancia pero ocasionó el efecto buscado pues los daneses abroquelaron la verga de la gavia mayor y el bergantín se detuvo.
– Señor Devaux, dirija el abordaje.
Las órdenes se sucedieron. Emergió el caos donde antes reinaba la atenta observación de todos los ociosos de la nave. A pesar del aparente desorden, se largaron la mayor y la trinquete en sus brioles y varias cuadrillas organizadas se dispusieron a descolgar el bote por la aleta de estribor mientras la Cyclops viraba para abroquelar la gavia mayor.
Devaux bramó más órdenes y, en la confusión, Drinkwater oyó su propio nombre.
– ¡Sube al bote, mequetrefe! -rugió el primer oficial y, entonces, Nathaniel se apresuró hasta el combés donde se había extendido una red por el costado. La tripulación del bote estaba ya a bordo, pero se estaban descolgando más marineros armados con alfanjes. Drinkwater pasó un pie por encima del pasamanos y oyó el desgarro del tejido al engancharse los calzones en una cornamusa. Esta vez, no le importó.
