
– Envían una señal, señor -le comunicaba el oficial Keene al capitán Hope cuando Drinkwater llegó a popa.
– ¿Y bien?
– Nuestro número. Perseguir.
– Responda -dijo el capitán-. Señor Keene, viento en popa.
Drinkwater ayudó a preparar la señal de respuesta mientras el oficial gritaba sus órdenes por la bocina. Los ayudantes del contramaestre apremiaban a la dotación. Se elevó el timón. La Cyclops osciló hacia el este, las brazas se deslizaron con rapidez por las poleas mientras las vergas viraban en redondo.
– A toda vela, si es tan amable, señor Keene.
– ¡Entendido señor! -La voz del oficial sonó entusiasmada y un gran alborozo recorrió el barco. Libre de toda obligación de mantener su puesto, la fragata desplegó sus alas. Se soltaron los puños de escota y los brioles de sus cornamusas y los gavieros se apresuraron por los pujámenes, desplegando las velas. Los ayudantes del segundo oficial se situaron en los brioles de cada vela e hicieron señas a cubierta, donde se dio la orden de sujetar empuñiduras. Las juanetes se hincharon, se fruncieron y se hincharon de nuevo a medida que los marineros del combés enderezaban las drizas y las vergas se elevaban desde los tamboretes. La Cyclops se escoró por el viento, la jarcia de cáñamo se estiró y el navío se estremeció suavemente al ganar velocidad. La fragata surcó el oscuro Atlántico dejando tras de sí una uve perlina que surgía bajo el espejo de popa.
En cubierta, hubo cambio de guardia y el combés se vació al regresar bajo cubierta los hombres que habían subido con el alboroto.
Drinkwater se dio cuenta de que el capitán le miraba fijamente.
– ¿Señor? -se arriesgó.
– Señor…
– Drinkwater, señor.
– ¡Ah! Señor Drinkwater, ¿cree usted que podría subir al tope del palo trinquete con un catalejo y ver si se distingue algo?
– Desde luego, señor. -Drinkwater cogió de un estante un catalejo muy abollado donado por la generosidad de una Junta Naval para el uso exclusivo de los «jóvenes caballeros» de a bordo, e inició su ascenso por la jarcia del palo trinquete.
