
Lloró en su coy lágrimas de amarga soledad. Sus sueños de gloria y de servicio a un país agradecido se fundieron en un llanto desesperado y, en su desdicha, buscó refugio en imágenes del hogar. Recordó a su madre, angustiada por ver a sus hijos abrirse camino; y también su gozo cuando el rector se presentó con una carta del familiar de un amigo, un tal capitán Henry Hope, en la que aceptaba a Nathaniel como guardiamarina en laCyclops. Cuál no fue su alegría al ver que su primogénito había logrado, al menos, la respetabilidad de los oficiales al servicio del rey.
También lloró por su hermano, el indomable y despreocupado Ned, siempre metido en problemas y a quien el propio rector había azotado por robar manzanas. El mismo Ned con quien solía adiestrarse con el sable de madera por los campos de Barnet y del que su madre solía exclamar, desesperada, que sólo la mano dura de un padre lo convertiría en un caballero. A Ned esto le había hecho gracia; se había reído y sacudido la cabeza, pero Nathaniel había captado la mirada de su madre al otro lado de la estancia, avergonzándose por la reacción de su hermano.
Nathaniel tenía sólo un vago e impreciso recuerdo de su padre, aupándolo en el aire, un ser que olía a vino y a tabaco y se reía como un loco antes de que se abriese el cráneo al caerse del caballo. Ned poseía toda la pasión temeraria y el amor por los caballos de su padre, mientras que Nathaniel había heredado la fortaleza reposada de su madre.
Pero en aquella miserable noche en que la fatiga, el hambre, las náuseas, el frío y la desesperación asediaron su alma, Nathaniel sufrió las vicisitudes del destino pues, en la oscuridad circundante, su llanto llegó a oídos de su compañero de coy, el guardiamarina de primera.
