
Al día siguiente, ocho o nueve de los doce guardiamarinas de laCyclops estaban intentando cenar su budín de guisantes cuando el oficial a cargo del sollado, el señor Augustus Morris, guardiamarina, se irguió solemne a la cabecera de la cochambrosa mesa:
– Caballeros, hay un cobarde entre nosotros -anunció, con un especial brillo malicioso en sus ojos hundidos. Los guardiamarinas, de entre doce y veinticuatro años, se miraron preguntándose sobre quién iba a caer la ira del señor Morris.
Drinkwater se encogía ya porque intuía lo que se le venía encima. Mientras los ojos de Morris barrían las caras atentas, uno tras otro comenzó la observación muda de los platos de peltre y las jarras que se deslizaban por la mesa. Ninguno habría de incitar a Morris, pero tampoco interferiría en cualquiera que fuera su malicioso plan.
– Señor Drinkwater -articuló con sarcasmo-, a fe mía que os corregiré el gusto que mostráis por el lloriqueo, haciendo que supure vuestro trasero. ¡Túmbese sobre ese cofre!
Drinkwater sabía que era inútil resistirse. Al oír su nombre se había puesto de pie, tambaleándose. Miró, enmudecido, el cofre; las piernas le temblaban pero se negaban a moverse. Entonces, una cruel jugarreta del destino hizo que la Cyclops diese una sacudida, descolocándolo todo, y las fuerzas de la naturaleza arrojaron a Drinkwater sobre el cofre. Con un entusiasmo enfermizo, Morris se arrojó sobre él, apartó los faldones de su casaca azul e introduciendo los dedos en la pretina del pantalón, desnudó las posaderas de su víctima desgarrando también la tela de percal. Mucho más que los seis latigazos salvajes que le propinó Morris, el desgarrón se grabó en la memoria de Drinkwater, pues su madre se había afanado con estos pantalones, los dedos artríticos cosiendo con mimo mientras las lágrimas calaban sus ojos por tener que despedirse de su hijo mayor.
