
Caminaban a través de campos y riachuelos y él les hablaba de cosas maravillosas, de flores perfectas y de cielos azules y claros, de caballeros con relucientes armaduras y damiselas afligidas. Violet se echaba a reír cuando los tres regresaban con el pelo despeinado por el viento, bañados por el sol, y Edmund decía:
– ¿Veis? Aquí está nuestra damisela afligida. Está claro que tenemos que salvarla.
Y Anthony se arrojaba a los brazos de su madre y le decía entre risas que la protegería del dragón que había visto arrojando fuego por la boca «justo a dos millas de aquí», en el camino del pueblo.
– ¿A dos millas de aquí, en el camino del pueblo? – preguntaba Violet bajando la voz, esforzándose porque sus palabras sonaran cargadas de horror-. Dios bendito, ¿qué haría yo sin tres hombres fuertes para protegerme?
– Benedict es un bebé -contestaba Anthony.
– Pero crecerá -le aclaraba siempre ella mientras le alborotaba el cabello- igual que has hecho tú. E igual que continuarás haciendo.
Aunque Edmund siempre trataba a los niños con idéntico afecto y devoción, cuando a última hora de la noche Anthony sostenía contra su pecho el reloj de bolsillo de los Bridgerton (que le había regalado por su octavo cumpleaños su padre, quien a su vez lo había recibido de su padre, también por su octavo cumpleaños), al muchacho le gustaba pensar que su relación era un poco especial. No porque Edmund le quisiera más a él. A aquellas alturas los niños Bridgerton ya eran cuatro (Colin y Daphne habían llegado muy seguidos), y Anthony sabía bien que todos eran muy queridos.
No, a Anthony le gustaba pensar que su relación con su padre era especial porque le conocía desde hacía más tiempo. Así de sencillo. Al fin y al cabo, no importaba cuánto hiciera que Benedict conociera a su padre, Anthony siempre le llevaría dos años de ventaja. Y seis a Colin. Y en cuanto a Daphne, bien, aparte del hecho de que era una niña (qué horror!), conocía a su padre desde hacía ocho años menos que él y siempre sería así, le gustaba recordarse a sí mismo.
