Edmund Bridgerton, en pocas palabras, ocupaba el mismísimo centro del mundo de Anthony. Era alto, de hombros anchos y cabalgaba a caballo como si hubiera nacido sobre la silla. Siempre sabía las respuestas a las preguntas de aritmética (incluso las que su tutor desconocía), no ponía pegas a que sus hijos tuvieran una cabaña en los árboles (por eso fue él mismo quien la construyó), y tenía esa clase de risa que calienta un cuerpo desde dentro hacia afuera.

Edmund enseñó a montar a Anthony. Enseñó a Anthony a disparar. Le enseñó a nadar. Le llevó él mismo a Eton, en vez de enviarlo en un carruaje con sirvientes, que fue como llegaron la mayoría de futuros amigos de Anthony. Y cuando pilló a Anthony observando con mirada nerviosa el colegio que iba a convertirse en su nuevo hogar, mantuvo una charla íntima con su hijo mayor para asegurarle que todo iría bien.

Y así fue. Anthony sabía que no podía ser de otra manera. Al fin y al cabo, su padre nunca mentía.

Anthony adoraba a su madre. Diablos, sin duda sería capaz de arrancarse el brazo a mordiscos si aquello sirviera para verla a salvo. Pero todo lo que el muchacho hacía mientras crecía, todos sus logros, cada sueño, cada una de sus metas y esperanzas… todo era por su padre.

Y luego, de repente, un día, todo cambió. Qué curioso, reflexionó a posteriori, cómo la vida podía alterarse en un instante, cómo en tal minuto las cosas eran de cierto modo y al siguiente sencillamente… no.

Sucedió cuando Anthony tenía dieciocho años, había vuelto a casa para pasar el verano y prepararse para su primer año en Oxford. Iba a entrar en el All Souls College, igual que su padre antes que él, y su existencia era todo lo prometedora y resplandeciente que un joven de dieciocho años tiene derecho a desear. Había descubierto a las mujeres y, algo tal vez más maravilloso, las mujeres le habían descubierto a él.



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