– ¿Embarrado?

Anthony miró su pelota, luego hacia atrás a su esposa, entonces otra vez a la pelota.

– No ha llovido durante días.

– Hmmm, no.

Él miró hacia atrás a su esposa. Enfureciéndose, diabólico, muy pronto iba a encerrar a su esposa en un calabozo

– ¿Cómo se embarró?

– Bien, quizás no… fangoso.

– No fangoso -repitió él, por lejos con más paciencia que la que ella merecía.

– Encharcado podría ser más apropiado. -Las palabras le fallaron.

– ¿Cubierto de charcos?

Ella frunció levemente su cara.

– ¿Cómo hace una para dar un adjetivo de charco?

Él dio un paso en su dirección.

Ella se lanzó detrás de Daphne.

– ¿Qué pasa? -preguntó Daphne, intercediendo entre ambos

Kate sacó su cabeza y rió triunfalmente.

– Realmente creo que va a matarme.

– ¿Con tantos testigos? -preguntó Simón.

– ¿Cómo -exigió Anthony-, se formó un charco en medio de la primavera más seca que recuerde?

Kate le brindó otra de sus amplias sonrisas molestas.

– Derramé mi té.

– ¿Cómo para llenar un charco entero?

Ella se encogió.

– Estaba frío.

– Frío.

– Y sedienta.

– Y al parecer torpe, también -acotó Simón.

Anthony lo miró airadamente.

– ¿Bien, si vas a matarla -dijo Simón-, te importaría esperar hasta que mi esposa estuviera lejos de ustedes dos?

Él se dio vuelta hacia Kate.

– ¿Cómo sabías donde hacer el charco?

– Eres muy predecible -contestó ella.

Anthony estiró sus dedos y midió su garganta.

– Cada año -dijo ella riéndose directamente de él- te posicionas siempre en el mismo punto de partida, y siempre golpeas la pelota precisamente por el mismo camino.

Colin decidió ese momento para hablar.

– Tú juegas Kate.

Ella salió corriendo detrás de Daphne y se escabulló en dirección al poste de partida.



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