
Kate hizo una pausa otra vez.
– No sé.
– La tradición -insertó Anthony.
– ¿Entonces por qué cambia el resto de ustedes colores cada año? -persistió Penélope.
Anthony se giró hacia su hermano.
– ¿Siempre hace tantas preguntas?
– Siempre.
Él se volvió hacia Penélope y dijo:
– Nos gusta de esta manera.
– ¡Estoy aquí! -Gritó Edwina alegremente cuando se acercó al resto de los jugadores-. ¡Ah, azul otra vez! ¡Que atentos!
Ella recogió su equipo, luego girando hacia Anthony.
– ¿Jugamos?
Él dio una cabezada, luego giró hacia Simón.
– Tú eres el primero, Hastings.
– Como siempre -murmuró, y dejó caer la pelota en posición de partida- ¡Abran paso! -Advirtió, aun cuando nadie obstaculizaba su trayecto. Hizo retroceder su mazo y luego sacó hacia adelante con un magnífico golpe. La pelota partió a través del césped, directa y certera, aterrizando a unas yardas del siguiente terreno.
– ¡Ah, bien hecho! -aclamó Penélope, aplaudiendo sus manos.
– Dije nada de ovaciones -se quejó Anthony-. ¿Podría alguien seguir las instrucciones este día?
– ¿Incluso para Simón? -Devolvió Penélope-. Pensé que era sólo para Colin.
Anthony dejó su pelota con cuidado.
– Estás distrayéndome
– Como si el resto de nosotros no estuviéramos distrayéndonos -comentó Colin-. Alienta de lejos, querida.
Pero ella se mantuvo silenciosa cuando Anthony apuntó. Su golpe fue aún más poderoso que el del duque, y su pelota echó a rodar aún más lejos.
– Hmmm, mala suerte allí -dijo Kate.
Anthony la miró con suspicacia.
– ¿Qué piensas? Eso fue un golpe brillante.
– Bien, sí, pero…
– ¡Fuera de mi camino! -ordenó Colin, marchando a la posición de partida.
Anthony y su esposa se miraron fijamente.
– ¿Qué piensas tú?
– Nada -dijo ella con brusquedad-, sólo es una tontería, está indudablemente embarrado allí.
