– De Colin, no de ti -contestó Penélope-. Aunque de verdad creo que debería quedarme al menos a un buen trecho de distancia en todo momento.

– ¿Deberíamos ir? -preguntó Edwina. Se giró hacia Kate-. Acabamos de terminar el cuarto palo.

– ¿Y tú necesitas tomar el camino más largo? -murmuró Kate.

– Simplemente nos pareció amable venir a verte -objetó Edwina.

Ella y Penélope se giraron para irse, y entonces Kate lo dejó escapar. No pudo contenerse.

– ¿Dónde está Anthony?

Edwina y Penélope se dieron la vuelta.

– ¿De verdad quieres saberlo? -preguntó Penélope.

Kate se obligó a asentir.

– En el último palo, me temo -replicó Penélope.

– ¿Antes o después? -dijo Kate con los dientes apretados.

– ¿Disculpa?

– ¿Está antes o después del palo? -repitió impaciente.

Y entonces, cuando Penélope no contestó al instante, añadió:

– ¿Ya ha terminado con la maldita cosa?

Penélope parpadeó sorprendida.

– Er, no. Creo que le quedan dos golpes. Quizás tres.

Kate las vio irse a través de sus entrecerrados ojos. No iba a ganar -ya no había oportunidad. Pero si no podía ganar, entonces por Dios que tampoco lo haría Anthony. Él no se merecía ninguna gloria ese día, no después de hacerla tropezar y caer en aquel charco de barro.

Oh, él había declarado que había sido un accidente, pero Kate encontraba altamente sospechoso que la bola de él hubiera salido disparada del charco en el momento exacto en que ella se adelantaba para recoger su propia bola. Ella tuvo que dar un pequeño salto para evitarla y se estaba felicitando a sí misma por haberse librado cuando Anthony se había girado con un evidentemente falso: “Vaya, ¿estás bien?”

El mazo había girado con él, convenientemente a la altura del tobillo. Kate no fue capaz de saltarlo, y había volado hasta el barro.

De cara.

Y luego Anthony había tenido el descaro de ofrecerle un pañuelo.



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