Iba a matarlo.

Matarlo.

Matarlo. Matarlo. Matarlo.

Pero primero iba a asegurarse de que no ganara.


Anthony sonreía abiertamente -hasta silbaba- mientras esperaba su turno. Le estaba llevando un ridículamente largo tiempo volver a tener el turno, con Kate tan alejada detrás de ellos con alguien que debía volver corriendo atrás para dejarle saber que era su turno, sin mencionar a Edwina, que parecía no entender nunca la virtud del juego rápido. Ya habían sido suficientemente malos los últimos catorce años, con ella andando sin prisas a cualquier parte como si tuviese todo el tiempo del mundo, pero ahora ella tenía a Penélope, que no la dejaba darle a la pelota sin su consejo y análisis.

Pero por una vez, a Anthony no le importaba. Iba en cabeza, tan lejos que probablemente nadie podría alcanzarlo. Y para hacer su victoria aún más dulce, Kate iba en último lugar.

Tan lejos que no había esperanza de que adelantase a nadie.

Era todo perfecto excepto por el hecho de que Colin le había arrebatado el mazo de la muerte.

Se giró hacia el último palo. Necesitaba un único golpe para preparar la bola, y otro más para hacerla pasar. Después de eso, sólo necesitaría dirigirla hasta el último palo y terminar el juego con un golpecito.

Era un juego de niños.

Lanzó un vistazo sobre el hombro. Pudo ver a Daphne junto al viejo roble. Estaba en lo alto de la ladera, y por lo tanto podría ver donde él no.

– ¿De quién es el turno? -le gritó.

Ella estiró el cuello mientras observaba a los otros jugadores jugando colina abajo.

– De Colin, creo -dijo, volviendo a girar el cuello hacia detrás-, lo que significa que Kate es la siguiente.

Él sonrió ante eso.

Aquel año había cambiado el recorrido un poco, haciéndolo de forma circular. Los jugadores tenían que seguir un retorcido patrón, lo que significaba en línea recta, de hecho estaba más cerca de Kate que de los otros. De hecho, sólo necesitaría moverse diez yardas hacia el sur, y podría verla mientras continuaba hacia el cuarto palo.



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