
Apenas podía contenerse aguardando el lanzamiento general. El palo de palamallo estaba descansando en la esquina, como había estado siempre, y justo en ese momento…
– ¿Buscabas esto?
Kate dio la vuelta. Anthony estaba de pie en la entrada, riendo diabólicamente cuando giró el mazo negro del juego de palamallo en sus manos.
Su camisa estaba segadoramente blanca.
– Tú…Tú…
Una de sus cejas peligrosamente levantadas.
– Nunca eres extremadamente hábil con las palabras cuando estás enfadada.
– ¿Cómo hiciste… cómo hiciste…?
Él se inclinó hacia adelante, estrechando los ojos.
– Le pagué cinco libras.
– ¿Le diste cinco libras a Milton? -¡Por Dios!, eso era prácticamente el sueldo anual.
– Es mucho más práctico y barato que reemplazar todas mis camisas -dijo ceñudo-. Mermelada de frambuesa. Realmente, no has ahorrado en gastos.
Kate miró fijamente con ansia el mazo.
– El juego será en tres días -dijo Anthony y suspiró contento-, y ya he salido victorioso.
Kate no lo contradijo. Otro que no fuera un Bridgerton podría pensar que el partido anual comenzaba y terminaba en el mismo día, pero ella y Anthony se conocían mucho.
Ella no había vencido en el mazo por tres años seguidos. Que la condenaran si dejaba que él fuera mejor que ella esta vez
– Ríndete ahora, querida esposa -se burló-. Admite la derrota, y seremos todos más felices.
Kate suspiró suavemente, casi como consintiendo.
Los ojos de Anthony se estrecharon.
Kate ociosamente tocó con sus dedos el escote de su vestido.
Los ojos de Anthony se ensancharon.
– ¿Hace calor aquí, no crees? -preguntó ella, con voz suave, dulce, y terriblemente jadeante.
– Pequeña pícara -murmuró.
Ella deslizó la tela de sus hombros. No llevaba nada debajo.
– ¿Ningún botón? -susurró.
