Él se regodeaba con ello. Por sobre el té de su oficina, suspirando con placer miraba fijamente el mazo negro, que atravesaba su escritorio como un estimado trofeo. Lo miró, magnífico, brillando con la luz de la mañana, o al menos brillando donde no había sido arrastrado y aporreado durante décadas de juego brutal.

No importaba. Le gustaba cada abolladura y rasguño. Quizás era pueril, aún infantil, pero lo adoraba

Sobre todo adoraba que estuviera en su posesión, porque estaba más que encariñado con él. Cuando fue capaz de olvidar cuan brillantemente lo había arrebatado debajo de la nariz de Kate, recordó que en realidad esto marcaba algo más…

El día en que él se había enamorado.

No era que lo hubiera comprendido entonces. Tampoco Kate se lo había imaginado, pero estaba seguro de cuál fue el día en que ellos estuvieron predestinados a estar juntos, el día del mazo infame en el partido de palamallo.

Ella le había dejado el mazo rosado y había lanzado su pelota al lago.

¡Dios, qué mujer!

Estos habían sido los quince años más sublimes.

Rió satisfecho, luego dejó caer su mirada fija otra vez sobre el mazo negro. Cada año ellos jugaban el partido. Todos los jugadores originales, Anthony, Kate, su hermano Colin, su hermana Daphne y su marido Simón, y la hermana de Kate, Edwina, todos ellos marchando en tropel diligentemente hacia Aubrey Hall cada primavera, ocupando sus sitios y esperando siempre el cambio de recorrido…

Unos acordaban asistir con entusiasmo y otros por el mero entretenimiento, pero todos ellos asistían cada año.

Y este año, Anthony rió con regocijo. Él tenía el mazo y Kate no.



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