– ¿Hiciste una llave de mi oficina?

– Soy tu esposa -dijo ella, echando un vistazo a sus uñas-. ¿No debería haber ningún secreto entre nosotros, no crees?

– ¿Hiciste una llave?

– No querrás guardarme secretos, ¿verdad?

Sus dedos agarraron el marco de la puerta hasta que los nudillos se tornaron blancos.

– Deja de mirar como si estuvieras disfrutando de esto -soltó él.

– Ah, pero sería una mentira, y es pecado mentirle al marido de una.

Extraños sonidos de ahogo comenzaron a emanar de su garganta.

Kate sonrió.

– ¿No prometí honestidad en algún momento?

– Era obediencia -gruñó él.

– ¿Obediencia? Seguramente no.

– ¿Dónde está él?

Ella se encogió.

– No entiendo.

– ¡Kate!

Alzando el tono.

– No entieeeeeeeeendo.

– Mujer… -Avanzó. Peligrosamente.

Kate tragó. Había un pequeño, más bien diminuto, de hecho, una muy verdadera posibilidad que pudiera haber ido demasiado lejos…


– Te ataré a la cama -advirtió él.

– Siiiiiii -dijo ella, evaluando el momento y estimando la distancia hacia la puerta-. Pero no puedo pensar correctamente.

Sus ojos llamearon, no exactamente con deseo, todavía estaba demasiado centrado en el mazo de palamallo, pero ella pensó que más bien había visto un destello de… interés allí.

– ¿Amarrarte dices? -murmuró, avanzando-. Y eso te gustaría, ¿eh?

Kate comprendió su significado y jadeó.

– ¡Tú no esperarás!

– Ah, eso espero.

Él estaba esperando repetir la función. Iba a amarrarla y abandonarla allí mientras buscaba el mazo.

No, si ella podía decir algo al respecto…

Kate saltó sobre el brazo de la silla y luego se escabulló por detrás. Siempre es aconsejable poner una barrera física en situaciones como estas.



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