– Ah, Kaaaaate -se burló, moviéndose hacia ella.

– Él es mío -declaró ella-. Era mío hace quince años, y lo es todavía.

– Era mío antes que fuera tuyo.

– ¡Pero te casaste conmigo!

– ¿Y eso lo hace tuyo?

Ella no dijo nada, solamente cerró sus ojos. Estaba sin aliento, jadeando, por la prisa del momento.

Y luego, rápido como el relámpago, él saltó hacia adelante, y extendiéndose sobre la silla, atrapó su hombro durante un breve instante antes que se le escapara…

– Tú nunca lo encontrarás -prácticamente chilló, escondida detrás del sofá.

– Ahora no creas que escaparás -advirtió él, haciéndose a un lado, maniobrando de cierta forma para colocarse entre ella y la puerta.

Ella miró la ventana.

– La caída te mataría -dijo él.

– ¡Oh, por el amor de Dios! -dijo una voz desde la entrada.

Kate y Anthony se dieron vuelta. Colin el hermano de Anthony estaba allí de pie, mirando a ambos con aire disgustado.

– Colin -dijo fuerte Anthony-. Que agradable verte.

Colin simplemente levantó una ceja.

– Supongo que estás buscando esto.

Kate jadeó. Él sostenía el mazo negro.

– ¿Cómo lo hiciste…?

Colin acarició el contundente cilindro casi con amor.

– Sólo puedo hablar por mí, desde luego -dijo con un suspiro feliz-. Pero por lo que a mí respecta, ya he ganado.


El día del juego…


– No consigo comprender -comentó Daphne, hermana de Anthony-. Por qué tú debes marcar el rumbo.

– Porque soy el maldito poseedor del lugar -dijo con mordacidad.

Colocó la mano para escudar sus ojos del sol e inspeccionó el trabajo. Esta vez había hecho una tarea brillante, se dijo a sí mismo. Sería diabólico.

Genio puro…

– ¿Alguna posibilidad de que te abstengas de blasfemar ante la compañía de las damas? -dijo Simón, Duque de Hastings, marido de Daphne.

– Ella no es ninguna dama -se quejó Anthony-. Es mi hermana.



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