– Ella es mi esposa.

Anthony sonrió con satisfacción.

– Fue mi hermana primero.

Simón se giró hacia Kate, quien estaba repiqueteando el mazo verde contra la hierba, como si se encontrara feliz, pero Anthony la conocía mucho.

– ¿Cómo -preguntó- lo toleras?

Ella se encogió.

– Ese es un talento que pocos poseen.

Colin envalentonado, agarrando el mazo negro como si fuera el Santo Grial.

– ¿Comenzamos? -preguntó elocuentemente…

Los labios de Simón se separaron con sorpresa.

– ¿El mazo de la muerte?

– Soy muy inteligente -confirmó Colin.

– Sobornó a la camarera -se quejó Kate.

– Tú sobornaste a mi criado -puntualizó Anthony.

– ¡Tú también!

– No soborné a nadie -dijo Simón a nadie en particular.

Daphne acarició su brazo con condescendencia.

– Tú no naciste en esta familia.

– Tampoco ella -retrucó él, señalando a Kate.

Daphne consideró esto.

– Ella es una aberración -concluyó finalmente.

– ¿Una aberración? -demandó Kate.

– Es el más alto cumplido -le informó Daphne. Hizo una pausa y luego añadió-. En este contexto.

Entonces se giró hacia Colin.

– ¿Cuánto?

– ¿Cuánto que?

– ¿Cuánto le diste a la camarera?

Él se encogió.

– Diez libras.

– ¿Diez libras? -casi chilló Daphne.

– ¿Estás loco? -requirió Anthony.

– Tú le diste cinco al criado -le recordó Kate.

– Espero que no fuera una de las mejores camareras -se quejó Anthony-, ya que seguramente se marchará antes de finalizar el día con tanto dinero en su bolsillo.

– Todas las camareras son buenas -dijo Kate, con cierta irritación.

– Diez libras -repitió Daphne, sacudiendo su cabeza-. Voy a decírselo a tu esposa.

– Adelante -dijo Colin indiferente cuando cabeceó hacia la colina que se empinaba sobre el curso del juego.



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