Durante casi dos décadas, Elias se había ganado la vida más que holgadamente presentando una querella tras otra ante los tribunales federales en nombre de ciudadanos que habían sufrido algún que otro encontronazo con el departamento de policía. Elias se había querellado contra agentes, detectives, el jefe de la policía y la misma institución. En sus pleitos solía utilizar métodos intempestivos, acusando a cualquier persona que estuviera remotamente relacionada con el incidente en cuestión. Cuando un ladrón fue atacado por un perro de la policía, Elias interpuso una demanda por daños y perjuicios en nombre de la víctima, acusando al perro, a su cuidador y a todas las personas encargadas de su supervisión, desde el cuidador hasta el jefe de la policía. No contento con ello, se querelló contra los instructores de la academia donde se había formado el cuidador del perro.

En sus espacios publicitarios emitidos de noche por televisión y en sus frecuentes conferencias de prensa «improvisadas», organizadas en la escalera del tribunal del distrito, Elias se arrogaba siempre el papel de perro guardián, una voz solitaria que clamaba en el desierto contra los abusos de una organización fascista y paramilitar conocida como Departamento de Policía de Los Ángeles. Para sus críticos -entre los cuales se incluían desde los agentes del departamento hasta las instituciones de la ciudad y los fiscales-, Elias era un racista, un agitador que contribuía a agrandar las fisuras de una ciudad dividida. A los ojos de sus detractores, Elias personalizaba lo peor del sistema legal. Era un ilusionista de pacotilla a quien le gustaba exhibirse en la sala del tribunal sacando un conejo de la chistera en el momento menos pensado.



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