
– ¿El abogado?
Irving asintió. Edgar aspiró con fuerza y contuvo el aliento.
– ¿En serio?
– Por desgracia, sí.
Bosch miró por encima de la cabeza de Irving a través de la taquilla de billetes. Contempló el interior del funicular.
Los técnicos se disponían a apagar las luces para examinar con láser el interior del coche en busca de huellas.
Bosch observó la mano con la herida de bala. Howard Elias. Pensó en todos los sospechosos que habría, muchos de ellos mezclados entre la multitud que en estos momentos presenciaba los movimientos de la policía.
– ¡Mierda! -soltó Edgar-. Supongo que no podemos escaquearnos de este caso, ¿verdad, jefe?
– Cuide su lenguaje, detective -le espetó Irving, tensando los músculos de la mandíbula-. Aquí están de más las groserías.
– Sólo digo que si pretende que alguien del departamento haga el papel de Tío Tom, no creo…
– Eso no tiene nada que ver -le cortó Irving-. Le guste o no, han sido asignados a este caso. Espero que todos ustedes desempeñen su labor con esmero y profesionalidad. Pero sobre todo espero resultados, como el jefe de la policía. Todo lo demás no cuenta. ¿Entendido?
Después de una breve pausa, durante la cual Irving observó a Edgar, a Rider y a Bosch, el subdirector continuó:
– En este departamento sólo existe una raza -dijo-. Ni negra ni blanca. Sólo azul.
3
Howard Elias no había adquirido fama de abogado defensor de los derechos civiles gracias a sus clientes, los cuales podían describirse como indeseables cuando no como delincuentes. Lo que le había dado fama entre los habitantes de Los Ángeles era su utilización de los medios de información, su habilidad a la hora de hurgar en la fibra sensible del racismo de la ciudad, y el hecho de que su labor profesional se basara en una sola especialidad: querellarse contra el Departamento de Policía de Los Ángeles.
