
Aunque el ayuntamiento mandó revisar la minuta, terminó abonando más de la mitad de la misma. En efecto, aquel jurado -y muchos otros que habían participado en los casos de Elias- creyó que administraba un castigo al departamento, pero al mismo tiempo estaba financiando los espacios publicitarios de Elias de media hora de duración que emitía el Canal Nueve por la noche, así como su Porsche, los trajes italianos que el abogado lucía en la sala del tribunal y su imponente mansión en Baldwin Hills.
Elias no estaba solo, por supuesto. Había media docena de abogados en la ciudad especializados en casos relacionados con la policía y los derechos civiles. Esos abogados esgrimían la misma cláusula federal que les permitía cobrar unos honorarios muy superiores a las indemnizaciones que percibían sus clientes. No todos eran unos cínicos, interesados sólo en el dinero. Los pleitos interpuestos por Elias y otros abogados propiciaron un cambio positivo en el departamento. Ni siquiera sus enemigos, los polis, podían negarles eso. Los casos de derechos civiles pusieron fin a la práctica policial de reducir a un sospechoso agarrándolo con fuerza por el cuello, después de que un elevado número de ciudadanos pertenecientes a grupos minoritarios fallecieran a causa del empleo de ese método. Los pleitos presentados por Elias y otros abogados también habían conseguido que mejoraran las condiciones y la protección en las cárceles locales. Otros casos proporcionaron y facilitaron a los ciudadanos los medios para querellarse contra agentes policiales que les habían maltratado.
Pero Elias se hallaba muy por encima del resto.
