
Elias era un caso único. En la última década se había querellado contra el departamento en más de cien ocasiones y había obtenido veredictos del jurado dándole la victoria en más de la mitad de los casos. El suyo era un nombre capaz de conseguir que un policía se quedara helado al oírlo. En el departamento todos sabían que si Elias se querellaba contra uno, la querella no acabaría archivada. Elias no llegaba a acuerdos fuera del tribunal; en las leyes de los derechos civiles no había incentivos para resolver el caso fuera de los tribunales. No, cuando Elias presentaba una querella convertía a su objetivo en un espectáculo público. Habría comunicados de prensa, conferencias de prensa, titulares en los periódicos, reportajes en televisión. Uno podía darse por afortunado si salía indemne, y no digamos si lograba conservar su placa.
Howard Elias, ángel para algunos, demonio para otros, había sido asesinado a tiros en el funicular de Angels Flight.
Al mirar a través de la ventana de la pequeña habitación y contemplar el resplandor naranja del rayo láser moviéndose a través del coche en penumbra, Bosch comprendió que estaba en la fase de calma que precede a la tormenta.
