
Se produjo un angustioso silencio. Bosch cerró los ojos.
– Perdón, ¿cómo dice?
– ¿Qué ha sucedido? ¿Está… viva?
– No comprendo a qué se refiere, detective. Le llamo porque quiero que reúna cuanto antes a su equipo. Necesito que se encargue de una misión especial.
Bosch abrió los ojos. Miró por la ventana de la cocina hacia el oscuro cañón que discurría más abajo, frente a su casa. Recorrió con la vista la ladera de la colina que se extendía hacia la autopista y luego alzó la vista de nuevo hacia el cúmulo de luces de Hollywood que divisaba a través del espacio del paso de Cahuenga. Bosch se preguntó si cada luz significaría que había alguien despierto esperando a alguien que no iba a llegar. Bosch vio su imagen reflejada en la ventana. Estaba hecho polvo. Observó las profundas ojeras que se apreciaban incluso en el oscuro cristal.
– Tengo una misión para usted, detective -repitió Irving con impaciencia-. ¿Está dispuesto a trabajar o…?
– Estoy dispuesto. Disculpe, es que por un momento se me han cruzado los cables.
– Lamento haberle despertado, aunque supongo que ya debe de estar acostumbrado.
– Sí. No hay problema.
Bosch no dijo a Irving que su llamada no le había despertado, que llevaba un buen rato deambulando por la casa, esperando.
– Apresúrese, detective. Nos tomaremos un café aquí, en la escena del crimen.
– ¿La escena del crimen?
– Ya hablaremos cuando llegue. No quiero entretenerlo más. Avise a su equipo. Llame a sus hombres. Que se presenten en Grand Street, entre la Tercera y la Cuarta, en lo alto de Angels Flight. ¿Conoce el lugar?
– ¿Bunker Hill? No entiendo…
– Ya se lo explicaré aquí. Localíceme en cuanto llegue. Si estoy abajo, no hable con nadie antes de hacerlo conmigo.
– ¿Y la teniente Billets? Ella debería…
– Informaremos a la teniente de la situación. No perdamos más tiempo. Esto no es una petición, es una orden. Reúna a sus hombres y preséntese aquí. ¿Está claro?
