
– Sí, desde luego.
– Pues entonces le espero.
Irving colgó sin aguardar respuesta. Bosch se quedó un momento inmóvil, con el auricular pegado a la oreja, preguntándose qué habría ocurrido. Angels Flight era el pequeño funicular de Bunker Hill que transportaba a la gente colina arriba hacia el centro de la ciudad, lejos de los límites de la sección de homicidios de la División de Hollywood.
Si Irving tenía un cadáver en Angels Flight, la investigación recaería en la División Central. Si los detectives de la Central no podían hacerse cargo del caso por exceso de trabajo o problemas personales, o si consideraban que el asunto era demasiado importante o no convenía que los medios lo airearan, lo trasladarían al Departamento de Robos y Homicidios. El hecho de que un subdirector de la policía estuviera implicado en el caso antes del amanecer de un sábado indicaba esta última posibilidad. El hecho de que hubiera llamado a Bosch y a su equipo en lugar de a los chicos de Robos y Homicidios constituía un enigma. No sabía qué andaría haciendo Irving en Angels Flight, pero en cualquier caso el asunto no tenía sentido.
Bosch echó otro vistazo al oscuro desfiladero, apartó el auricular de la oreja y cerró el móvil. Tenía unas ganas tremendas de fumarse un cigarrillo, pero había conseguido resistir toda la noche sin fumar y no iba a rendirse entonces.
Bosch se apoyó en la mesa de la cocina. Contempló el teléfono que sostenía en la mano, volvió a encenderlo y oprimió el botón de memoria que le conectaría con el apartamento de Kizmin Rider. Después de hablar con ella llamaría a Jerry Edgar.
Aunque se resistía a reconocerlo, experimentó una sensación de alivio. Quizá no supiera lo que le aguardaba en Angels Flight, pero al menos eso le impedía pensar en Eleanor Wish.
Después de dos tonos, oyó la voz alerta de Rider.
– Hola Kiz, soy Harry -dijo Bosch-. Tenemos trabajo.
