
Bosch se apartó del coche del funicular para hablar en privado con sus compañeros.
– ¿Qué opináis? -preguntó.
– Creo que son auténticas -respondió Edgar, volviéndose para mirar a Tam-. Tienen una forma natural. ¿Tú qué crees, Kiz?
– Muy gracioso -replicó Rider, negándose a seguirle el juego a su compañero-. ¿Podemos hablar del caso?
Bosch admiraba el modo en que Rider encajaba los frecuentes comentarios y bromas subidas de tono de Edgar, sin más que alguna observación sarcástica o alguna queja. Esos comentarios le podrían costar caro a Edgar si Rider se quejaba ante sus jefes. El hecho de que no lo hiciera indicaba que Edgar la cohibía o que sus comentarios no le importaban. Por otra parte, Rider sabía que si presentaba una queja formal conseguiría lo que los policías llaman «la chaqueta K-9», una referencia a la celda de la prisión municipal donde metían a los soplones. Bosch había preguntado una vez a Rider si quería que él hablara con Edgar. En calidad de jefe suyo, Bosch era legalmente responsable de solventar el problema aunque sabía que si hablaba con Edgar, éste se daría cuenta de que había comentado el asunto con ella. Rider también lo sabía. Después de reflexionar brevemente sobre ello, Rider pidió a Bosch que dejara las cosas como estaban. Dijo que no se sentía cohibida por Edgar, aunque a veces sus bromas la molestaban. Pero en cualquier caso, el asunto no tenía mayor importancia.
– Empieza tú, Kiz -dijo Bosch, pasando por alto el comentario de Edgar, aunque no estaba de acuerdo con la opinión de éste sobre Tam-. ¿Hay algo ahí dentro que te haya llamado la atención?
– Lo mismo que a todos. Al parecer las víctimas no estaban juntas. O bien la mujer se subió al funicular antes que Elias, o bien éste se disponía a bajar. Parece bastante claro que Elias era el objetivo principal y que ella murió por encontrarse allí. El disparo en el culo corrobora esa hipótesis. Además, como tú mismo has dicho ahí dentro, ese tipo era un excelente tirador. Buscamos a alguien con experiencia en ese terreno.
