– ¿Qué te parece la tercera herida? -preguntó Hoffman, interrumpiendo por un momento las reflexiones de Bosch.

Hoffman se apartó, y Bosch fue a colocarse a los pies del cadáver. Al acuclillarse de nuevo examinó la tercera herida de bala. La sangre le había empapado los fondillos del pantalón. No obstante, Bosch distinguió el desgarrón y las quemaduras de pólvora donde la bala había atravesado el tejido y se había alojado en el ano de Elias.

El asesino había apoyado el arma con firmeza en el punto donde se unían las costuras del pantalón, y había disparado.

Era un disparo por venganza. Más que un golpe de gracia, indicaba rabia y odio. Contradecía la fría habilidad de los otros disparos. A Bosch también le indicaba que Garwood se había equivocado respecto a la secuencia de los disparos.

Lo que faltaba por ver era si el capitán se había equivocado adrede.

Harry se incorporó y retrocedió hasta la puerta posterior del funicular, para situarse en el sitio donde probablemente se había colocado el asesino.

Observó de nuevo la carnicería que tenía ante sí y asintió con la cabeza, como si tratara de retener todos los detalles en la memoria. Edgar y Rider seguían aún entre los cadáveres, haciendo sus propias observaciones.

Bosch miró hacia los raíles que se extendían hasta el torniquete de la entrada de la estación. Los detectives se habían marchado. Sólo quedaba un coche patrulla aparcado allí abajo y dos agentes que custodiaban la escena del crimen.

Bosch ya había visto bastante. Pasó ante los cadáveres, rodeó cuidadosamente a Sally Tam y se subió al andén. Sus compañeros le siguieron. Edgar pasó más cerca de Tam de lo que hubiera debido.



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