
Al igual que muchos policías en el departamento, estaba harta de chapuzas y de polis que protegían a otros, de que unos pocos mancharan el buen nombre de muchos.
– ¿Qué pensáis sobre el rasguño de la mano? -preguntó Bosch.
Edgar y Rider lo miraron un tanto sorprendidos.
– Seguramente se produjo cuando el tipo le quitó el reloj -contestó Edgar-. Debía de ser un reloj con la correa extensible, como un Rolex. Conociendo a Elias, probablemente era un Rolex. Un buen motivo.
– Sí, suponiendo que fuera un Rolex -apostilló Bosch.
El detective se volvió para contemplar la vista de la ciudad. Dudaba de que Elias llevara un Rolex.
Pese a su tendencia a la ostentación, Elias era de esos abogados que cuidan los detalles. Sabía que un letrado que luce un Rolex corre el riesgo de granjearse la antipatía del jurado. No, no se lo pondría. Luciría un reloj caro, de una marca importante, pero no un Rolex.
– ¿Qué piensas, Harry? -preguntó Rider-. ¿Por qué te preocupa el rasguño?
Bosch se volvió hacia sus compañeros.
– Al margen de que fuera un Rolex o un reloj de otra marca, no hay sangre en el rasguño.
– ¿Lo que significa?
– Ahí dentro está lleno de sangre. Las heridas de bala sangraron, pero en el rasguño no se observa una gota de sangre. No creo por tanto que el asesino le quitara el reloj. Ese rasguño se produjo después de que el corazón de Elias dejara de latir. Yo diría que mucho después. Lo que significa que el rasguño se produjo después de que el tipo que disparó abandonara el lugar.
Rider y Edgar se quedaron pensativos.
– Es posible -dijo Edgar al cabo de unos instantes-. Pero el asunto del sistema vascular es difícil de precisar. Ni siquiera el forense podrá llegar a una conclusión terminante.
– Eso es cierto -convino Bosch-. Digamos que es una corazonada. No podemos presentarlo como prueba ante el tribunal, pero estoy convencido de que el asesino no le arrebató el reloj a Elias. Ni tampoco la cartera.
