– ¿Qué insinúas? -preguntó Edgar-. ¿Que fue otra persona quien se lo quitó?

– Exactamente.

– ¿Crees que fue el encargado del funicular, el que descubrió los cadáveres?

Bosch se limitó a encogerse de hombros.

– ¿Crees que fue uno de los chicos de Robos y Homicidios? -preguntó Rider-. ¿Otro intento de despistarnos, de hacernos creer que se trata de un robo por si el culpable fuera uno de ellos?

Bosch la miró un momento, pensando en cómo responder a sus preguntas y en que pisaban un campo minado.

– ¿Detective Bosch?

Harry se volvió.

Era Sally Tam.

– Nosotros hemos terminado, y los forenses quieren saber si pueden cubrir los cadáveres con plásticos y ponerles unas etiquetas para llevárselos.

– Por supuesto. A propósito, ¿han encontrado algunas huellas con el láser?

– Muchas, pero no creemos que sean importantes. En el funicular viaja mucha gente. Las huellas que hemos hallado probablemente pertenezcan a los pasajeros, no al asesino.

– De todos modos, mandadlas analizar enseguida, ¿vale?

– Desde luego. Lo mandaremos todo a Huellas y al Departamento de Justicia. En cuanto sepamos los resultados se lo comunicaremos.

Bosch le dio las gracias.

– ¿Han encontrado algunas llaves en el cadáver del hombre?

– Sí. Están en una de las bolsas marrones. ¿Quiere que se las traiga?

– Sí, creo que las necesitaremos.

– Vuelvo enseguida.

Tam le dirigió una sonrisa y se encaminó hacia el coche del funicular. Parecía muy animada por hallarse en la escena de un crimen. Bosch sabía que dentro de un tiempo no se sentiría tan eufórica.

– ¿Te has fijado? -preguntó Edgar-. Te aseguro que son auténticas.

– Ojo, Jerry -le advirtió Bosch.

Edgar alzó las manos en un gesto de capitulación.

– Soy un excelente observador. Me limitaba a informarte.



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