
– Sí, hombre, y me pasaré los próximos diez años en el Puerto. ¡No te jode!
– Hey, que la División del Puerto es un chollo -dijo Rider para tomarle el pelo. Ella sabía que Edgar vivía en el valle de San Fernando y que un traslado a la División del Puerto significaba que cada día tendría que recorrer un trayecto de hora y media de ida y hora y media de vuelta, la perfecta terapia de autopista, el método que empleaban los jefes para castigar a los polis descontentos y problemáticos-. Allí sólo se ocupan de seis o siete homicidios al año.
– Vale, pero que no cuenten conmigo.
– Vamos, en marcha -dijo Bosch-. Ya nos preocuparemos más tarde de esas cosas. No os perdáis.
Bosch tomó por Hollywood Boulevard hasta la 101 y se dirigió al centro de la ciudad por la autopista, en aquellos momentos poco transitada. A medio camino vio por el retrovisor que sus compañeros le seguían. Pese a la oscuridad y a los coches, no le costó localizarlos. Bosch detestaba los nuevos automóviles que utilizaban los detectives. Estaban pintados de negro y blanco y la única diferencia con un coche patrulla era que no llevaban las luces de emergencia en el techo. Al antiguo jefe de la policía se le había ocurrido la idea de sustituir los vehículos normales de los detectives por ese remedo de coches patrulla. Era una artimaña para fingir que había cumplido la promesa de poner a más policías en la calle. Había sustituido los automóviles normales por unos vehículos parecidos a los coches patrulla, para que la gente creyera que había más policías patrullando las calles. Además, cuando el ex jefe de la policía pronunciaba un discurso frente a algún grupo de la comunidad, solía enumerar a los detectives que utilizaban esos vehículos, jactándose de haber incrementado en varios centenares el número de polis en la calle.
A todo esto, los detectives que intentaban cumplir con su deber circulaban por la ciudad como blancos móviles.
