
Bosch, al igual que muchos detectives del departamento, confiaba en que el nuevo jefe de la policía no tardaría en ordenar que utilizaran de nuevo coches normales. Entretanto ya no regresaba a casa después del trabajo en el automóvil que le habían asignado. Era agradable disponer de un vehículo con el que trasladarse al propio domicilio, pero Bosch no quería aparcar un coche patrulla frente a su vivienda. No en Los Angeles. Nunca se sabe el peligro que eso puede acarrearle a uno.
Llegaron a Grand Street a las tres menos cuarto. Cuando Bosch detuvo el coche vio un buen número de vehículos policiales aparcados junto a la acera en California Plaza. Observó la escena del crimen y los furgones de los forenses, varios coches patrulla y más sedanes de detectives, no los que utilizaban ellos, sino los coches normales que seguían empleando los chicos de Robos y Homicidios. Mientras esperaba a que llegaran Rider y Edgar, Bosch abrió su maletín, sacó el móvil y llamó a su casa. Después de cinco tonos saltó el contestador y Bosch se oyó a sí mismo diciéndose que dejara el mensaje. Cuando se disponía a colgar, decidió dejar un mensaje.
– Soy yo, Eleanor. Me han encargado un caso… pero trata de localizarme o llámame al móvil cuando llegues a casa para que yo sepa que estás bien… Bueno, eso es todo. Hasta luego. Ah, ahora son aproximadamente las tres menos cuarto. Sábado por la mañana. Hasta luego.
Edgar y Rider se acercaron a la puerta del coche de Bosch, quien guardó el móvil y se apeó con su maletín. Edgar, el más alto de los tres, levantó la cinta amarilla con la que habían acordonado el lugar y los tres pasaron por debajo de ella, dieron sus nombres y número de placa a un agente uniformado que tenía en la mano la lista de personas que estaban autorizadas a acceder a la escena del crimen, y luego atravesaron California Plaza.
