
– Señorita Hillyard. Mis mejores deseos para su próxima boda.
Chase se fijó en las cajas abiertas de lencería y pasó la mano sobre un body de color verde claro.
– El verde te sienta muy bien -susurró para que sólo ella pudiera oírlo.
El sonrojo volvió a sus mejillas. Natalie aflojó la mano que él sostenía.
– Es… un placer conocerlo, señor Donnelly.
– Chase, por favor. Al fin y al cabo, somos viejos amigos, ¿no?
Natalie musitó su nombre una vez más antes de ponerse a recoger torpemente las cajas de lencería. Chase se quedó mirándola un rato y volvió a dirigirse a su hermano.
– Nana me ha dicho que tengo un despacho aquí, ¿por qué no me lo enseñas? Puedo dedicarme a contar los clips mientras tú vuelves a tu trabajo.
John suspiró exasperado, pero fue a la puerta. Chase le echó una última mirada a Natalie y sonrió para sí mismo. Al infierno con las buenas maneras de la empresa; un hombre no soñaba con la chica con la que iba a casarse y la dejaba sin cruzar una palabra.
– Señoras, ha sido un placer.
El clamor estalló en el momento en que cerró la puerta. Si Natalie no se había enterado de su reputación, ahora la pondrían al día. Chase hizo una mueca para sus adentros. Por primera vez deseó que su reputación no lo precediera.
– Estupendo -dijo cuando vio su despacho y hubo probado el sillón-. ¿Tengo secretaria?
Careciendo de sentido del humor, John no encontró nada divertida su pregunta. Cruzó los brazos sobre el pecho y lanzó una mirada admonitoria a su hermano.
– Chase, no molestes a las empleadas y no pongas conferencias con los teléfonos de la empresa. Si tienes alguna pregunta, mi número es el 8674 por el intercomunicador.
– ¿Funciona el ordenador? -preguntó Chase mientras giraba en el sillón.
