
– Ni se te ocurra, Chase. Está prometida y es una empleada muy competente y valiosa. Master de Administración Mercantil por la Universidad de Boston. Llega a trabajar a las siete de la mañana y no se va hasta las siete de la tarde. Desde luego, no es tu tipo.
– ¿Y dices que se llama Natalie Hillyard?
– Los Donnelly no perseguimos a las empleadas de la empresa. Como te acerques a ella, se lo diré a papá.
– Siempre has sido un bocazas, Johnny. Anda, preséntamela.
Chase entró en el cuarto de conferencias, fijándose en los globos y en los adornos y los crespones. Había una tarta sobre una mesa larga. Las charlas festivas se interrumpieron en el momento en que las damas se dieron cuenta de su presencia. Pero Chase sólo tenía ojos para Natalie. Él sonrió e hizo un gesto hacia la prenda de encaje que sostenía entre las manos.
– Muy bonita -dijo. Lo último en moda de ejecutiva, supongo.
El rubor que había provocado en ella la prenda desapareció ante la palidez que se adueñó de su rostro. Natalie parpadeó sorprendida.
– Es usted -murmuró, apretando las manos sobre la prenda.
John se aclaró la garganta y se puso delante de Chase.
– Señoras, quisiera presentarles a mi hermano mayor, Charles Donnelly IV. Chase, estas damas trabajan en nuestra sección financiera.
Chase recorrió la habitación estrechando manos, disfrutando de las presentaciones personales. Unos susurros apagados se suscitaban a su paso, especulando sobre su repentina aparición. Según su padre, Chase era protagonista de un sinfín de chismorreos, aunque rara vez se lo veía por el edificio. Cuando llegó frente a Natalie, volvió a tenderle la mano.
