
– ¿Otra vez soñando despierto?
Nana Tonya estaba en la puerta, el pelo de nieve escapándose del moño prieto y azotándole la cara surcada de arrugas suaves.
– No pasará mucho antes de que venga a hacer una visita. Quiero botar el barco el primero de abril.
Nana se acercó despacio, apoyándose pesadamente en su bastón.
– ¿Y luego qué? ¿Te pasarás el tiempo navegando como el verano pasado y el anterior?
Chase aún podía detectar restos de su acento rumano en aquella voz. Le sonrió.
– Pues es una buena idea.
– Tu padre no diría lo mismo.
Chase le pasó una mano por el hombro a su abuela.
– Lo siento, es tu fiesta de cumpleaños. Se supone que somos una familia feliz. Lo último que quería era discutir con mi padre.
Nana le acarició la mejilla.
– Yo no esperaba otra cosa.
– ¿Esa famosa clarividencia tuya ha vuelto a funcionar?
Nana Tonya se enorgullecía mucho de sus orígenes gitanos y de su capacidad para ver el futuro. Al resto de la familia le parecía bochornoso, sobre todo cuando hablaba sin tapujos de sus visiones. Sin embargo, para Chase era encantador.
– Vuestras peleas se han convertido en una tradición familiar.
– Ya sé que soy la diversión de los cumpleaños, vacaciones y demás fiestas.
– No podrás hacerle feliz hasta que no sientes la cabeza y ocupes el lugar que por derecho te corresponde en los negocios de la familia -dijo con un suspiro-. Y él nunca podrá hacerte feliz hasta que no entienda la clase de hombre que eres. Con vosotros dos, nunca hay lugar para llegar a un acuerdo.
– Dime, ¿qué ves en mi futuro, Nana? -bromeó él.
– No tengo respuestas para tus preguntas, Chase.
– De acuerdo. ¿Qué tal algún consejo sobre cotizaciones? Me has dirigido bien en más de una ocasión y he ganado montones de dinero. Me conformo con el resultado del béisbol. ¿Van a ganar los Sox el partido inaugural del verano?
