Nana le acarició otra vez la mejilla y se volvió a mirar al océano.

– Ya sabes que mis visiones no son como la tele. No puedo apagarlas y encenderlas cuando me apetece.

– ¿Y tú? ¿Cómo pudiste encontrar un sitio en esta familia, Nana? Me extraña que con tu sangre gitana te casaras con una familia bostoniana tan tradicional y estirada.

– Me enamoré de tu abuelo y él de mí.

Recuerdo cuando Charles le dijo a su familia que quería casarse conmigo. Siempre fue un rebelde, pensaban que me había escogido precisamente porque era la menos apropiada. Tú te pareces mucho a mi Charles -dijo ella con una sonrisa de añoranza.

– Pero tú hiciste que funcionara, Nana. Conseguiste encajar.

– Sólo porque, para mí, la familia es lo más importante del mundo.

Nana se quedó contemplando las olas. Entonces, se estremeció y frunció el ceño.

– Esta noche soñarás con la mujer con quien vas a casarte.

Chase parpadeó, pero su risa murió en el viento.

– Vamos, Nana. No me gastes bromas.

– Lo he visto -dijo ella encogiéndose de hombros-. Ahora mismo.

– ¿Hablas en serio?

– Puedes creer lo que más te plazca.

– Siempre me tomo muy en serio tus visiones porque siempre tienes razón. Pero yo quería alguna pista para la bolsa, no estoy buscando esposa.

Nana se colgó del brazo de su nieto.

– Una esposa te haría mucho bien, Chase Donnelly. Ahora debemos entrar. Seguramente tu madre le habrá prendido fuego a mi tarta y debo formular un deseo y poner buena cara por haber cumplido un año más.

Volvieron al interior de la casa tomados del brazo, todos guardaron silencio al ver a Chase. Seguían sentados en torno a la mesa, igual que quince minutos antes. El padre de Chase, sus dos hermanos menores y sus esposas con sus mejores vestidos de diseño.



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