
– No entiendo por qué te parece tan sorprendente. Tengo toda mi boda plasmada en un organigrama. Le he puesto fecha a todas las decisiones, a cada compra, a cada acontecimiento con el minuto preciso y su exacto precio en dólares. Y el organigrama dice que tú y yo tenemos que visitar al florista exactamente a las cinco y treinta y siete, p. m. ¿Te vas a quitar esa mecha morada del pelo para el mes que viene?
Lydia se tocó el pelo. Nadie habría adivinado que eran hermanas. Natalie llevaba un traje de chaqueta y un sobretodo de cachemira. Salvo por la mecha morada, Lydia vestía enteramente de negro, encajando con su imagen de estudiante de arte.
– Bueno, quizá tu organigrama debería haberte dicho que me llamaras con unos cuantos días de antelación para hacérmelo saber. No puedo ir, Natalie. Tengo clase.
– Tengo todas tus clases en mi programa de horarios y no tienes clase esta tarde. Eres mi dama de honor, Lydia. La norma es que me ayudes con estas cosas.
– Nat, esto es una boda. El día más importante de tu vida. No tienes por qué hacerlo todo según las normas y al pie de la letra.
Frustrada, Natalie se sentó en un banco de mármol. Al cabo, la tensión de los preparativos estaba pasándole factura.
– Lo siento. Es que este día tiene que ser perfecto. No conoces a la familia de Edward. Su madre habría sido feliz pagando y dirigiendo, claro, toda la boda ella sola, pero es importante que demuestre que soy capaz de hacerlo yo. Cuando me case con Edward, tendré que organizar nuestra vida social. No quiero que piense que soy una mentecata.
– ¿Y tú quieres integrarte en su familia?
Lydia se pasó una mano por los cabellos, del mismo color que el pelo de su hermana salvo por el mechón morado.
– Es fácil ser de sangre azul si tienes el corazón de hielo -añadió-. El de tu futura suegra hace años que no se descongela.
– Lydia, no digas eso. Van a convertirse en mi familia. Por primera vez en mi vida, voy a disfrutar de la seguridad de una familia de verdad.
