– ¿Por qué no tomamos la tarta con un café en el solarium? -sugirió animadamente.

Todos se levantaron excepto Nana y Chase.

– No sé por qué tengo la impresión de que has sido tú la que ha orquestado todo esto -dijo él cuando se quedaron solos.

– Cree lo que más te plazca -dijo ella con una sonrisa enigmática en los labios.


Esa misma noche, más tarde, cuando dormía en su vieja habitación cargada de recuerdos de su infancia, Chase soñó con una mujer con el pelo del color del lino hilado y los ojos azules como un atolón del Pacífico. Estaba de pie, en la proa de su velero, la brisa agitaba su vestido largo y blanco, el sol había dorado su piel.

Ella sonreía y caminaba hacia Chase, pronunciando su nombre como si fuera el canto de una sirena. Cuando estuvo lo bastante cerca, él levantó una mano y empezó a desabrocharle el vestido. La tela cayó de sus hombros y se arremolinó a sus pies antes de que la brisa salada la atrapara y se la llevara por la borda. Ella se echó a reír con un sonido dulce y musical que el viento esparcía.

Y entonces cayó entre sus brazos, toda piel cálida y curvas suaves. Él la besó. Chase supo que nunca podría separarse de aquella mujer, de aquel deseo, de su esposa.


– ¡Estamos hablando de una boda, no de una OPA hostil!

Natalie Hillyard no respondió al principio, sino que siguió caminando por la acera, esquivando peatones a la hora de comer por las calles de Boston. Su hermana Lydia trataba de mantenerse a su altura, pero cuando llegaron al vestíbulo del Edificio Donnelly, se encontraba sin aliento y con las mejillas sonrosadas por el frío. Al fin, Natalie se detuvo y le dio la oportunidad de recuperarse.



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