– Sé que casarse con Edward parece una buena idea, pero creo que te casas con él por las razones más equivocadas. La seguridad monetaria y toda una familia de parientes políticos que van a estar pendientes de vosotros no lo son.

Natalie consultó su reloj, se quitó el sobretodo y se lo echó al brazo. Recogió su maletín, se alisó la falda.

– Llego tarde. Llegamos tarde. Se supone que me tienes que traer de comer quince minutos antes para que mi personal pueda darme la fiesta.

– Se supone que eso era una sorpresa -dijo Lydia con el ceño fruncido.

– Detesto las sorpresas. Además, lo tengo apuntado en el organigrama hace una semana. Voy a llegar tarde. ¿Nos vemos luego? ¿A las cinco treinta y siete en la floristería?

Lydia asintió y Natalie se despidió con un beso. Fue al ascensor preocupada con las dudas de su hermana. Quizá no estaba locamente enamorada de Edward, pero iba a fundamentar su matrimonio sobre algo mucho menos inconstante que una emoción. Siempre había sido una persona práctica, una mujer que prefería los hechos a las fantasías, el sentido común a los sentimientos.

La mayoría de la gente consideraba a Edward estirado y un poco aburrido. Pero, en él, Nat había encontrado toda la estabilidad y seguridad que había perdido el día en que murieron sus padres. A partir de ese momento, su vida había sido un trastorno creciente, su hermana y ella pasaban de la casa de algún familiar al orfanato y vuelta a empezar. Edward siempre tendría un hogar para ella y eso era todo lo que Nat necesitaba para ser verdaderamente feliz.

Con otro vistazo al reloj, apretó el botón del ascensor y zapateó impacientemente. Llegaba realmente tarde. Tenía la esperanza de que las mujeres de la oficina le regalaran un obsequio conjunto en vez de una multitud de paquetitos que tendría que abrir y, en consecuencia, perder un tiempo precioso. Eran su personal, no amigas suyas. En el lugar de trabajo no había espacio para hacer amigos.



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