
El ascensor llegó. Nat entró y, cuando estaba a punto de apretar el botón de subida, oyó un voz masculina.
– ¡Espere un momento!
Cuando una mano apareció entre las puertas activando el sensor que desconectaba el mecanismo, ella volvió a apretar el botón. No tenía tiempo para esperar a desconocidos. Que tomara el siguiente ascensor.
Las puertas empezaron a cerrarse, pero aquel hombre volvió a interponer la mano. Así estuvieron, abriéndolas y cerrándolas hasta que el desconocido dejó escapar una maldición y metió el hombro. Natalie quitó la mano del panel de botones y se retiró al fondo con una sonrisa de plástico en los labios.
El hombre entró con una manifiesta expresión de enfado. Pero entonces se quedó inmóvil y la miró sin parpadear y sin vergüenza. Abrió la boca y la cerró otra vez con un chasquido. Fruncía el ceño, pero seguía mirándola y ella no pudo evitar hacer lo mismo. Después de todo, era increíblemente atractivo, con unos rasgos afilados que ella sólo había visto en los anuncios de moda.
Una extraña corriente de atracción crepitó entre ellos. Nat sintió escalofríos. Pero no podía apartar la mirada. El tenía los ojos más verdes que había visto nunca, claros y directos, sin dobleces. Tras toda una infancia de cuidar y proteger a su hermana pequeña había aprendido a juzgar a los desconocidos de aquella manera, a adivinar su personalidad mirándolos a los ojos. No había nada que temer de aquel hombre, de eso estaba segura.
Entonces, ¿por qué sentía de repente que le faltaba el aire? Claro, era muy guapo, cualquier mujer se daría cuenta, pero era el modo en que la miraba, como si la desnudara lentamente. Nunca un hombre la había mirado así, ni siquiera Edward. Natalie tampoco lo esperaba porque sabía que no era particularmente bonita.
Se obligó a apartar la vista, a fijarla en el panel de control. Pero, inexplicablemente, volvía a fijarla en él, y tuvo que echarle otra mirada de reojo cuando las puertas empezaban a cerrarse. Se preguntó si no debía salir de allí, pero ya iba con retraso y eso era algo que ella detestaba, también detestaba a la gente que hacía caso omiso de las reglas no escritas de la etiqueta en los ascensores. Aquel atractivo desconocido no se volvió hacia la puerta ni centró su atención en las luces del techo. No, continuó mirándola como si la conociera.
