¿Qué habría pasado en aquel instante por la cabeza de la vieja reina? ¿Por qué el enjambre abandonó la rama del nogal, aquel nogal que se había plagado de nueces cuando él nació? Un minuto antes todo tenía sentido. Miró el reloj. Se había hecho tarde. Ya estarían llegando los invitados. Si pudiese, se perdería en el monte hasta la noche. Pensaba en su propia fiesta como en la de un extraño. Al levantarse, se dio cuenta de que había bebido más de la cuenta. El zumbido chispeó como una lámpara floja. Se le había extendido por todo el cuerpo a la manera de un dolor antiguo. Cuando se acercó a la barra para pagar, el tabernero, emigrante también en su época, le dijo que no debía nada. Lo tuyo está Okey, Chemín. Entonces ¿invita la casa? Gandón. Lo tuyo lo ha pagado Gandón. Le advertí que eran cuatro vasos. Pero él respondió que daba igual, que cobrase todo. Que un día era un día.

En vez de ir por la carretera, Chemín se echó a andar por un atajo que llevaba a la aldea atravesando el bosque y los prados. La frescura de la arboleda le alivió el zumbido, pero después, en los herbales, un sol impropio de aquel tiempo, navajero, le removió como tizón el enjambre. Hizo visera con la mano y miró hacia la aldea. Esa distancia entre aldea y pueblo había ido cambiando a lo largo de su vida. De pequeño le parecía un atlas. Después se fue acortando hasta convertirse en un tiro de piedra. Ahora volvía a las dimensiones de su infancia, pero de otra forma, como si los guijarros fuesen pedazos de hueso.

En medio del camino, más tirado que recostado, un bulto jadeante, se encontró a Gandón. Se cruzaron las miradas. La del hombre acostado, con la cabeza apoyada en el ribazo, era una mirada de angustia, con el blanco de los ojos enrojecido y lloroso. Tenía una mano en el pecho, a la altura del corazón, y se frotaba como un alfarero la masa de arcilla.

Es el vino, murmuró Gandón, le echan mucha química.

El gesto de su cara era una mezcla de ironía y dolor.



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