
Sin decir palabra, Chemín le ayudó a levantarse, pero cuando el otro intentó sacudirse el polvo de la chaqueta, volvió a derrumbarse. Chemín lo agarró con un gran esfuerzo por la cintura, pasó el brazo de Gandón por encima de su hombro y echaron a andar casi a rastras. Pegados uno al otro, sudorosos, parecían respirar por el mismo fuelle con un silbido quejoso.
Cuando llegaron a la verja de la huerta de Gandón, éste hizo gesto de valerse por sí mismo. Permanecieron allí apoyados, cogiendo aire. Por fin, en silencio, Chemín siguió su camino.
Tienes que enseñarme a criar las abejas, murmuró Gandón.
Chemín no dijo nada.
Cuando llegó a casa, sus nietos corrieron a darle un beso y él les puso la mejilla con una mansedumbre inexpresiva, con la mirada en otra parte. Buscó su silla en la cabecera de la mesa y se dejó caer en silencio.
Ahora, en cama, en una vigilia de brumas, trata de reconducir el sueño.
Los dos niños bajan del cielo por un sendero, haciendo chocar los zuecos en los guijarros a propósito. Vamos a hacer una cosa, dice de repente el pequeño Chemín. Te doy mis lagartos, y así tú puedes entrar en el cielo. ¿Y tú?, pregunta el pequeño Gandón. Yo voy a pescar truchas a mano. Cuando tenga una, se la iré a llevar al santo de la puerta. Pero ahora ve tú delante.
¿Y tu amigo? ¿Por qué no ha vuelto tu amigo?, preguntó el santo Pedro tras recontar los amales.
Dijo que prefería ir a pescar truchas, explicó con inocencia el pequeño Gandón.
Así que ha ido a pescar truchas, ¿eh?, dijo enigmático el aduanero.
En cama, Chemín escuchó por fin la campana. Muy despacio, con el acento de un cantor ciego, la campana de la parroquia decía Gan dón, Gan dón.
Su hijo, su querido Yeyé, abrió la puerta de la habitación y le dijo en la penumbra: ¿Sabes, papá? Dicen que Gandón ha muerto.
Él abrió mucho los ojos para abrazar a su hijo con la mirada. Escuchaba su voz cada vez más lejos, por más que él se le acercaba y lo llamaba a gritos.
