
Un día, rebuscando con Eloy en el desván, abrimos la maleta en la que vivía Liberto. Nos miró de frente con sus ojos de esmalte azul, y Eloy cerró la maleta, en un reflejo de espanto.
Era el atardecer de un domingo y los mayores estaban en la cocina viendo un programa que se llamaba Reina por un día. En casa de Eloy había televisión porque la había traído su padre de Alemania, donde trabajó de ebanista en una fábrica de muebles. Se reunían muchos vecinos como si fuese un cine.
En el programa Reina por un día aparecía siempre una mujer que lloraba mucho con la emoción. Se notaba que las mujeres que miraban la televisión también estaban a punto de llorar.
Mamá, dijo Eloy tirándole de la manga, ahí arriba hay un hombrecito.
Sí, hijo, sí, dijo su madre. Y siguió viendo como si nada Reina por un día.
Nosotros también miramos. A la mujer de. la televisión le hacían regalos, uno por cada hijo. Y decían que había tenido dieciséis. Así que no me extrañaba que llorase de emoción, con aquellos dieciséis paquetes con lacito delante de sus ojos.
Pasaron los minutos, y Eloy y yo perdimos el interés, así que volvimos al desván. Nos aproximamos a la maleta con mucha cautela, como si fuese una ratonera. Después, puestos de acuerdo por instinto, comenzamos a golpearla con puñetazos y patadas. Fui yo quien se atrevió a pegar la oreja al forro.
¿Oyes algo?, preguntó Eloy.
Un lamento. Parece que se queja, inventé yo.
Haciéndome el valiente, como si fuese uno de los del barrio de Katanga, que reventaban todas las verbenas de Coruña, abrí la maleta. Sus ojos de esmalte azul se clavaron en mí como dos faros en noche cerrada.
Fue entonces cuando noté aquel runrún en el estómago. Me estaba naciendo viento. Y ese viento crecía sin yo quererlo, como el fuelle de una gaita, y luego hablaba por mí.
