¡Papá! ¡Papá! ¿Qué tienes, papá? ¡Por Dios, papá!

Volaba, volaba envuelto en el terciopelo del enjambre. ¿Por qué dejaban la colmena? ¿Por qué las abejas no se quedaban en la rama del nogal? Quiso preguntar algo más, pero la vieja reina estaba sorda.

La novia de Liberto

Mi amigo Eloy tenía un muñeco de ventrílocuo al que llamaban Liberto.

Vestía, el muñeco, un pantalón de peto de color azul, de tela de mahón, y una camisa de franela a cuadros rojos y blancos. Liberto vivía en una maleta. Allí pasó muchísimos años sin ver la luz, como un topo en el desván, después de que hubiese desaparecido su verdadero dueño, un tío abuelo de Eloy, conocido por Rubí, que tenía ese don de hablar con la barriga y sin mover los labios.

Lo que sabemos de Rubí, por lo poco que nos contaron, es que era un zapatero habilidoso y un solterón muy juerguista en su tiempo libre. Recorrió todas las tabernas de la comarca con su compañero Liberto, que él mismo había construido, y pagaba aguardiente para dos, aunque se la bebiese él toda. Rubí tenía un hablar tranquilo y socarrón pero, en la voz de Liberto, era todo chispa y no se mordía la lengua. El final de la historia de Rubí es que había tenido que huir durante la guerra, lo que hizo por la frontera de Portugal, y que lo habían dado por muerto pues no se volvió a tener noticia de él.

Liberto retornó al mundo gracias a nosotros.

Mis padres iban siempre de vacaciones a Cardarás, donde habían nacido. Vivíamos en casa de Aurora, mi tía, que había heredado la casa de los abuelos. Excuso decir que Aurora tenía buen corazón, pero un genio endemoniado. Era soltera, pero nada juerguista. Al contrario. Nos recibía con los brazos abiertos y bandejas rebosantes de comida, pero los niños eran para ella como esa especie de duendes que por la noche mean en el cazo de la leche. Desde pequeño, durante esas vacaciones, mi hogar natural era la casa de Eloy. Allí los niños eran bienvenidos e incluso celebrados por sus travesuras.



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