
¡A ver si vais a casaros en Gardarás!
Muy entrada la noche, a la hora del café con aguardiente, cuando sólo quedaban alrededor del fuego los más viejos, Eloy, con los ojos algo enrojecidos, se acercó en confidencia y me dijo: ¿Por qué no vamos a buscar novia al Saltón?
Ése era un chiste que se hacía en Gardarás. El Saltón era la parte de la montaña con casales todavía medio aislados. Para los de Gardarás, era el mundo de lo remoto. Cuando alguien decía una blasfemia demasiado fuerte o hacía una cosa con torpeza, se le decía: ¡Ni que fueses del Saltón!
Pero Eloy me guiñó el ojo como si hablase en serio, con esa voz que tienen los juerguistas de la estirpe de los Jorobados.
¡Venga, hombre, vamos de mozas al Saltón!
Estaba medio borracho. Y yo también.
Yo ni sabía lo que era ir de mozas al Saltón. Iría tras ellas a cualquier parte.
Y entonces me acordé de Liberto.
Voy, dije, pero si nos llevamos a Liberto.
Eloy tardó un poco en entender. Contempló las brasas como si leyese una historia antigua y luego rompió a reír.
¡Liberto! ¡Pues claro que nos llevamos a Liberto!
Fuimos por carretera en el coche de Eloy y luego lo dejamos al abrigo de un seto de laureles.
Ahora es mejor ir a pie, dijo Eloy, siguiendo la ruta de las hogueras.
Y era cierto que desde allí se veían tres o cuatro fuegos como grandes luciérnagas centelleando en las faldas de la noche. Yo llevaba la maleta con Liberto.
En el primer lugar al que llegamos nos recibió un perro que ladraba sin mucha convicción. La noche de san Juan los perros ladran poco porque suele haber restos que roer alrededor de las fogatas. Junto al fuego, como guardianes de la noche, había solamente dos viejos que nos invitaron a licor café. Después de unos tragos y de saber que éramos de Gardarás, de tal y tal familia, nos preguntaron con sorna: Y entonces, ¿qué os trae por aquí?
