
¡Buscamos mozas!, dijo Eloy con la alegre resolución de un borracho.
¿Mozas, eh? ¡Pues mozas, buenas mozas las hay más arriba!, dijo el más socarrón, señalando lo alto.
Como navegantes atraídos por un faro, nos dirigimos hacia la siguiente fogata. Eloy propuso un atajo y nos metimos por un sendero. Enseguida nos dimos cuenta de que era un camino en desuso, invadido por las zarzas. Yo me abría camino con la maleta de Liberto, azotando aquella selva espinosa. Las circunstancias nos habían ido despejando y tuve la impresión de que la luna se reía de nosotros.
¿No sería mejor volver?, le dije a Eloy.
Ahora ya estamos llegando, dijo él sin aliento y con mucho amor propio.
No había nadie alrededor de la hoguera. Ni un perro.
íbamos a dar la vuelta y bajar hacia Gardarás cuando se encendió una luz y asomó por el quicio de la puerta un viejo con una linterna y un bastón.
¿Buscan a alguien?
¡Buscamos mozas, patrón!, gritó Eloy con descaro.
¡Pues aquí hay mozas!, dijo el viejo muy serio.
Había un aroma a fuego cansado que la brisa esparcía como polvo de luna. Yo me había quedado clavado en el suelo con la maleta, a la manera de un viajero que desciende en una estación sin nombre.
Eloy me empujó: ¡Avante, Don Juan!
Era una casa de labranza, construida en piedra, madera y pizarra, excepto el ladrillo a la vista que tapiaba los antiguos comederos que daban al establo de las vacas. Nada más entrar, te subía a la cabeza un aroma a verdura lavada, a leche recién ordeñada y a estiércol no lejano. Había una luz de película íntima, velada por el humo del lar, que respiraba en el rincón del fondo como un animal de cuento. Sentada en el banco de la chimenea había una vieja vestida de luto que cosía con la cabeza inclinada. Parecía que hacía una costura con el hilo de sus pestañas. Me fijé mucho en ella porque el patriarca de la casa nos guió hacia allí, junto al fuego.
