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Por vez primera desde nuestra llegada, la vieja que cosía apartó la vista del paño y observó con curiosidad al muñeco.

Cosa, señora, cosa, dijo Liberto señalando de soslayo al viejo, concentrado nuevamente en la lectura. ¡Cósale el rabo al lagarto!

Ayudado por el humor de Liberto, vencí mi repulsión y busqué el rostro de la recién llegada. Sentí ahora que yo era el muñeco articulado al que alguien hacía temblar los labios. Por la pañoleta asomaban unos rizos castaños y sus ojos eran dos gemas verdes que destellaban en la penumbra. Se podría decir que no tenía edad y que era hermosa porque sí.

También el rostro de Eloy reflejaba el asombro de aquella extraña aparición. Aceptamos reanimados el café que nos ofreció la niña Lidia, a quien el calor del fuego había hecho madurar. Después, como si respondiese a una elección natural, Eloy y Lidia se enzarzaron a hablar y yo me quedé frente a frente con María. Hechizado. Le dije cuatro tonterías. Que era de Gardarás, pero que me había criado en la ciudad y que estudiaba Filología.

¿Por qué estudias eso?

Porque me gusta la historia de las palabras, dije algo avergonzado.

¡Las palabras!, exclamó ella. Y luego murmuró: Lesfeuilles mortes.

Yo sabía lo que ella había dicho, lo entendía, pero no podía entender que ella lo dijese.

¡Eso es francés!, comenté con asombro.

Sí, dijo ella con una sonrisa triste, eso es francés. Por un instante, guardó silencio, como ausente. Y más tarde añadió: Yo estuve mucho tiempo en París, ¿sabes?

¿De emigrante?, pregunté aturdido.

Claro. ¿De qué iba a ser? Limpiadora. Fregona. ¿Fumas?

Eloy sí que fumaba. Le pedí un pitillo con urgencia. María lo cogió con los labios y lo encendió con un tizón del fuego. Exhaló una nube de humo y después tosió. Muy fuerte, como si le estallase el pecho.

¡No fumes, María!, gritó como una orden el viejo desde la mesa. ¡Sabes que no puedes fumar!



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