Ella tenía ahora los ojos enrojecidos y hermosos como dos llamaradas verdecidas. Pero la piel de su rostro era pálida porcelana con pecas de color café.

Así que estudias Filología, dijo ella con una voz que parecía doblarse en su propio eco.

Sí, Románicas.

Románicas, claro. Debe de ser interesante.

Y luego, ajena a mí, ajena a todo, hipnotizada por las llamas, María cantaba en voz baja:

En ce temps-lá la vie étaitplus belle Et le soleilplus brulant qu'aujourd'hui. Lesfeuilles mortes se ramassent a la pelle… [5]

Y entonces se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar, tan a chorro que las lágrimas se le escurrían entre los dedos. De repente, dejó de sollozar, descubrió su rostro, una naturaleza radiante, mojada por la lluvia, y muy despacio me acarició las mejillas con dedos temblorosos.

Mon amour, mon amour! As follas secas caen ó chan.

Se hizo un silencio dolorido. Eloy, que jugueteando había avanzado por las rodillas de Lidia, me miró inquieto, como quien pide una explicación.

Sólo Liberto, dentro de mí, fue capaz de decir algo. Una vieja copla:

Eu non sei o que me deches Que non te podo olvidar De día no pensamento e de noite no soñar [6]

¡Ya está bien, María!, gritó el viejo. Y después, con un tono más suave: Deja de llorar, mujer. Mejor vete a dormir.

Pobrecita, dijo Lidia, se había levantado y la tenía abrazada por detrás, por los hombros, con la cabeza de María apoyada en su vientre. Ha vuelto enferma. ¡Sabe Dios cuántas habrá pasado, tan bonita! Se le metieron los nervios en la cabeza.

El muñeco miró a María con sus ojos de esmalte azul y el fuelle de su alma pronunció una despedida.

Merci dame, la plus belle.



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