
Antonio Ventura no miró para abajo la primera vez que se presentó.
Me llamo Antonio Ventura y soy alcohólico.
Dijo que era alcohólico con la resuelta naturalidad de quien se declara dueño de una bodega o de una destilería. Aún más, como quien dice que es católico. Lo miramos con inquietud y prevención, convencidos todos de que efectivamente estaba borracho. Pero no. En realidad, nunca entendí muy bien qué rayos hacía Antonio Ventura en la Unidad de Ayuda y Autoestima, antes llamada Asociación de Exalcohólicos. Si yo fuese un tipo sano, si yo fuese como Dios manda, si yo volviese a nacer, me gustaría ser Antonio Ventura.
En las sesiones de terapia, cuando nos tocaba el turno, la mayoría de nosotros sufría para vencer la vergüenza. Yo me retorcía las manos sin querer y los dedos se me enroscaban dolorosa-mente como si fuesen serpientes heridas. Tenía un estropajo en la lengua y balbuceaba cosas que me arañaban los labios. Enfrente, Antonio Ventura deletreaba mis palabras con ansia. Permanecía al acecho, ayudando con los ojos, como un intérprete de sordomudos. Y cuando le tocaba a él la sesión de terapia, parecía que el mundo había dejado de ser un caos. La vida, en aquel preciso instante, tenía sentido. Y yo sentía sed. Sed de la fuente de la que nacen los ríos.
Un día hablamos del llorar. El llorar es bueno, dijo el psicólogo.
El puntero de la ruleta, felizmente, apuntó en la dirección de Antonio Ventura.
Hay muchas formas de llorar, dijo Antonio Ventura. Pero la primera vez que oí llorar, llorar de verdad, la primera vez que dije esto es llorar, fue cuando lloró Charo A'Rubia en el cine Rex. Ponían Capitanes intrépidos, una película en la que trabajaba Spencer Tracy, que también había hecho de Thomas Alba Edison, el que inventó la luz.
