Braceó en el aire, espantando las motas de polvo. Y después entró en la Santa Basílica para oficiar el funeral.

Cuando alzó el cáliz con el vino de la consagración, descubrió a Ana entre los fieles. Atalaya davídica es tu cuello, bien guarnecida de almenas. Tus pechos son como crías gemelas de gacela pastando en los lirios.

Al beber la sangre de Cristo, notó el tic tembloroso, incontrolable, en su labio inferior. Ahí está, pensó. Ella, el alma. La maldita alma.

Charo A'Rubia

Me llamo Antonio Ventura y soy alcohólico.

Ése era el ritual de presentación en la Unidad de Ayuda y Autoestima de Monelos. Todos habíamos dicho aquella frase como quien arranca un tapón de corcho atascado en la garganta. El tapón giraba en una fatídica ruleta que nos apuntaba con su flecha. Pero durante varios días sentías vértigo y, cabizbajo, posabas tus ojos de plomo en el eje, justo en el centro del círculo, rogándole a Dios que el puntero de la rueda no girase en tu dirección.

Alzar la mirada, ir descubriendo a los otros, decía el psicólogo, era subir un primer peldaño en el retorno a la vida. Hay quien introduce barcos en una botella. También he visto quien mete escaleritas. Pero el arte que más cautiva es el de meterse uno mismo. Cuando la botella se seca y tú estás dentro, echas de menos no tener la compañía de un barquito o una escalenta. La vida, desde el fondo de la botella, es como el haz de luz de una linterna de policía en los ojos.

A mí me costó mucho, muchísimo trabajo, alzar la mirada, quizá porque no tenía ningún interés en hacer esa ruta de regreso a la vida. Me daba más miedo la gente que la bebida. Lo que pasa es que había llegado a un punto en que la bebida me hacía ver cucarachas en todas partes, en las sábanas de la cama, en los posos del café y en las comisuras de las uñas. Y bien sabe el Demonio que le tengo más miedo a las cucarachas que a la gente. En un tiempo estuve en un barco en el Gran Sol, el Lady Mary. Era un nido de cucarachas. No dormí en quince días. Estaba convencido de que si me dejaba vencer por el sueño, un ejército de cucarachas me abrirían la boca y harían su guarida en mis visceras.



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