Guardó los restos de las gafas en una de las bolsas. Había un pan enmohecido. Y había también el cuerpo sin brazos de una muñeca vieja.

A ti no, niño, dijo levantándose con mucho trabajo. A ti que no se te sequen. Ya se ve que tú eres un buen muchacho.

Era una mujer de baja estatura pero de una redondez enorme, como un pajar bajo un gabán gris, del color de la lluvia fría. Las bolsas fueron hacia ella, prendidas del tendal de sus brazos. La última, la de las gafas destrozadas, el pan enmohecido y la muñeca amputada, le quedó colgada de la punta de los dedos.

Si quieres, puedes ayudar a esta pobre vieja.

Y allá me fui con ella, como un satélite menudo, con las rodillas heridas por el fútbol, en la órbita de un planeta bamboleante y con un tesoro de basura en el gancho de la mano.

Subimos la cuesta del Campo de Marte, atravesamos la calle que lleva a la Torre, hasta llegar a una calleja de las Atochas. La vieja se detuvo ante una puerta de madera labrada en hiedra, y una aldaba de ninfa. Dejó las bolsas, rebuscó en los bolsillos y fue quitando pañuelos sucios, de ilusionista mendicante, y después un bazar de cosas, desde huesos de cerezas a aspirinas, hasta encontrar la llave.

El pasillo estaba muy oscuro, un túnel del que no se veía el fondo.

Sin las gafas no encuentro esa maldita luz, dijo ella.

Fue entonces cuando entré. Distinguí bien la llave de la luz y fui a encenderla. Y justo cuando lo hice, la vieja me agarró por el gaznate. Una tenaza que estaba a punto de ahorcarme.

¡Ah, cabrón! ¿Pensabas que yo era tonta o qué?

Me sacudió en el aire. Perdí el aliento y vi a mi ángel traspasando el techo: ¡Adiós, Román! Serás un bonito muñeco.

De repente, me soltó y caí al suelo como un saco desollado.

Los niños se recuperan enseguida, eso dicen, y traté de escabullirme entre las columnas macizas de sus piernas. Pero ella me agarró como a un pichón por las alas de los brazos, otra vez en el aire. Tenía los mismos ojos que aquella maestra que se había vuelto loca y que lloraba al pegar.



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