¡Pobrecito, pobrecito mío! Mely no te va a hacer daño. Tranquilo, mi niño. Mely nunca le ha hecho mal a nadie. No tengas miedo. ¿Verdad que no tienes miedo de Melita?

Asentí con la cabeza.

No tengas miedo.

Negué con la cabeza.

No, no tengas miedo.

Y cerró de un portazo. Ahora me llevaba fuertemente cogido de la mano. Todos mis sentidos estaban concentrados en los resquicios de luz, en los agujeros posibles para la salvación. En aquel corredor de la muerte, me sentía identificado con cada uno de los bichos de los que había sido verdugo. Me sentía mosca, hormiga, cucaracha, grillo, lagartija, mariposa, renacuajo, cangrejo, ratón. Sí, ratón. Había matado un ratón en la aldea de mis abuelos. Ésa era mi pieza de caza mayor. Vi el ratón agigantado. De mi tamaño. Lloraba por aquel ratón.

No llores. No sé por qué todos tienen miedo de la pobre Mely, dijo ella, enjugando las lágrimas. Si todo lo que hago, lo hago para cuidar de mis niñas.

Abrió una puerta en el pasillo y encendió una luz. Era una habitación pequeña, una despensa. Los estantes estaban atestados de muñecas. Muñecas amputadas. Las había sin piernas, sin brazos, sin ojos. Muñecas greñudas, muñecas calvas.

Es la habitación de mis niñas. Míralas, po-brecitas. Todas han venido de la basura. Y Mely cuida de ellas.

Y entonces me di cuenta de que era capaz de hablar. Una hendidura de luz que venía de mis entrañas.

Yo puedo ayudarla, señora.

De vez en cuando, dijo ella, encuentro una pierna para las cojitas. Y un brazo para las mancas. Pero, ¿los ojos? Eso es más difícil. ¿Cómo encontrar los ojos sin arrancárselos a otras? He probado a ponerles ojos de peces, en la basura de los ricos abundan los ojos de merluza, pero se pudren.

Yo puedo conseguir ojos, señora. Sé dónde hay ojos de muñecas.



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